El violinista

Hace algún tiempo me sumergí en ese hormiguero humano que es la estación central de trenes y subterráneos de Nueva York. Tratando de descubrir la galería correcta que me llevara a mi destino, bajé y bajé por túneles y escaleras atestadas de gente que iba y venía. ¡Qué lugar, mi Dios! Mientras la gente me empujaba yo trataba de leer en los carteles que marcaban cada túnel, cual era el que me llevaba a mi destino. No me encontraba precisamente a gusto, nervioso por no equivocarme y terminar en un lugar desconocido, y por el clima tan hostil que reinaba allí debajo. ¡Y eran apenas las siete de la mañana!

De repente doblé por un túnel y me encontré con una música absolutamente celestial. Un hombre de unos treinta años tocaba en su violín una obra de Vivaldi. La música que salía de su instrumento y la fuerza con la que tocaba revelaban que se trataba de un músico verdadero, un dotado por la Mano de Dios. Pero lo más sorprendente no era la música, que de por sí transformaba ese sórdido lugar en un ambiente digno de la Opera de Milán. No, lo maravilloso era la actitud que él tenía: su rostro reflejaba una luz admirable, mientras él se movía de un lado al otro al compás de la obra que interpretaba. Se puede decir que no estaba allí, volaba por quien sabe que espacios celestiales, en su mente y en su corazón.

New York SubwayEl impacto fue tan grande que me detuve, y observé por un momento tan conmovedora escena, cuando advertí que el túnel por el que había ingresado estaba cerrado, clausurado. En ese momento el músico se detuvo, me vio y con toda la amabilidad del mundo me preguntó que rumbo buscaba, y con su violín en la mano me acompañó unos metros indicándome el destino correcto. Cuando me di vuelta, pude ver que estaba nuevamente en su lugar preparándose para disfrutar el regalo que Dios le hacía brotar de sus manos.

Durante todo el viaje, y por varios días después, volví a pensar en el violinista. ¡Qué lección de vida! Arrumbado en un túnel olvidado de una estación de tren neoyorquina, esta alma simplemente disfrutaba y transmitía una alegría de vivir que hacía olvidar el ambiente tan lúgubre que lo rodeaba. El mundo se detenía a su alrededor, como observando ese chispazo de gozo, un canto a la vida. Lo que claramente vi reflejado en su actitud fue ese deseo que Dios tiene para todos nosotros: El nos quiere alegres, felices de todo lo que nos ha dado en esta hermosa vida que nos regaló. Como el Papá Bueno que es, El espera que nos alegremos de lo que tenemos, de los talentos, de las pequeñas o grandes cosas que engarzan cada instante de nuestra vida. Como el niño que recibe un hermoso y lujoso regalo de cumpleaños, y lo encontramos al día siguiente feliz en el piso jugando con enorme entusiasmo con la caja en la que venía envuelto el regalo. En su inocencia, supo encontrar más felicidad en esa pieza de cartón, que en el juguete que tan costosamente le regalamos. ¡El niño es feliz en lo simple!

Muchas veces nos amargamos por pequeños obstáculos o molestias que nos afectan. Y por supuesto vivimos deseando obtener bienes, talentos, afectos, salud, nuevas cosas se agregan a nuestra lista todos los días, sin disfrutar las que vamos obteniendo más que un pequeño instante. Y también nos llenamos de angustia por sucesos que nos ocurrieron en el pasado, no logrando olvidarlos. Y con más frecuencia aún nos invadimos de miedos, ansiedad y nerviosismo ante los pensamientos vinculados a nuestro posible futuro. Me puede pasar esto, aquello, o lo otro. Mientras tanto, las cosas hermosas que Dios nos da siguen ocurriendo a nuestro alrededor sin que las veamos o disfrutemos, o las hagamos carne en nuestra vida. Como un hijo, una madre o un padre, un hermano, un amigo, una profesión, un pájaro o una flor en nuestro jardín.

Como el violinista que disfrutaba la música que sus manos creaban, por unas pocas monedas que quizás alguien dejaría en su sombrero, así debemos vivir. El no se dejaba impresionar por el ambiente que lo rodeaba, sólo sentía en su alma el gozo de la perfección que vibraba y fluía de esas pequeñas cuerdas y ese arco. No nos dejemos impresionar por el entorno que nos rodea, seamos nosotros una fuente de gozo y alegría con lo que tenemos, transformando la vida de los que nos rodean, y la nuestra propia. ¡Así lo desea Dios!