De feminista y abortista al amor a la maternidad y la Eucaristía

“En mis ‘años perdidos’ creo que estaba buscando un sentido de identidad. Busqué esto a través de relaciones turbulentas y promiscuidad sexual, definiéndome a mi misma y mi valor en relación con los hombres. Busqué esto a través del feminismo, en un intento de asegurar mi identidad como mujer, pertenecer a algo más grande que yo e imbuir mi vida de propósito. Busqué esto a través de logros personales pensando que podría ganar y trabajar en un sentido de identidad y pertenencia. Creé una versión propia del cristianismo, una que no decía nada del pecado, el arrepentimiento y la gracia. Creé una imagen de Dios que no era más que una versión idealizada de mí misma. Pero ninguna de esas cosas me podía proporcionar lo que estaba buscando, porque la identidad, el significado y la pertenencia sólo se pueden encontrar en una entrega sincera al Amor, no un amor como yo imaginaba, sino el Amor como Él realmente es”.

Este es el resumen que Abigail Favale hace de su impresionante conversión en 2014 que la llevó del protestantismo a un feminismo militante y abortista, ideología duramente cuestionada con su maternidad y que culminó con su llegada a la Iglesia Católica ante la enorme atracción que sentía hacia la Eucaristía.

Un libro para relatar su cambió de vida y mentalidad

Esta joven estadounidense que apenas supera los 30 años es una prometedora académica doctora por la Universidad de St. Andrews en Escocia y actualmente es directora del Programa de Honor Willam Penn en la Universidad Georg Fox, en Oregón. Ha publicado distintos artículos en revistas académicas y escrito varios libros, uno de ellos premiado por asociaciones feministas antes de su conversión al catolicismo.

Ahora, ha publicado otro libro pero en un sentido muy distinto. Se titula Into the Deep: An Improved Catholic Conversion, donde relata esta conversión pero también otros aspectos relacionados a su cambio de consideración sobre la feminidad, la maternidad y el aborto. Su paso a la Iglesia ha ido iluminando todas estas cuestiones obteniendo las respuestas a las preguntas que desde hacía años venía realizándose.

Abigail fue criada en la iglesia evangélica. “Estoy muy agradecida con mi educación evangélica por presentarme la obra salvadora de Cristo y la necesidad de abrirle el corazón a un nivel profundamente personal. Mi infancia fue cristiana desde el inicio, y convertirme en católica ha hecho la realidad de esas semillas plantadas en mi juventud. No veo mi fe católica como un rechazo de mi nacimiento evangélico, sino más bien su cumplimiento, su culminación”,explica en una entrevista en Catholic World Report.

Del cristianismo evangélico al feminismo

Sin embargo, esta académica confiesa que en su fe evangélica “había cosas que faltaban”, lo que acabó llevándole a una deriva y su posterior refugio en el feminismo militante.  En su vida de fe no había una “conexión con la historia y la tradición cristiana”, y por tanto con la gran cantidad de santos que hay en la Iglesia.

“Una faceta de esto fue la ausencia de cualquier sentido de genealogía femenina, mujeres que habían vivido vidas heroicas de fe que ayudaron a dar forma a la Iglesia. En el mundo del protestantismo evangélico todos los aspectos claramente femeninos del cosmos cristiano –María, la Iglesia como madre, las santas- se han eliminado, dejando sólo los aspectos masculinos. Sin el equilibrio complementario, esos aspectos masculinos se hicieron grandes y despertaron en mí un deseo de buscar el significado sagrado de la feminidad”, relata Abigail.

Así fue como acabó llegando al mundo del feminismo, que al principio parecía ofrecer todas las respuestas que necesitaba. Pero lo que “buscaba en el feminismo –agrega- se cumplió finalmente en el catolicismo”.

De hecho, reconoce que “irónicamente, lo que encontré dentro del feminismo fue una profunda ambivalencia hacia el concepto mismo de feminidad.Encontré una respuesta mucho más convincente en el catolicismo. Nunca he tenido mi dignidad y propósito como mujer de manera tan clara que bajo el manto de la Santa Madre Iglesia”.

La falta de respuestas 

Lo primero que ocurrió es que al provenir de un entorno evangélico la Biblia era para ella la autoridad única y final. ¿Qué ocurrió? Encontraba pasajes que desde su óptica feminista eran ofensivos  y herían sus “sensibilidades del siglo XXI” por lo que concluyó que esos pasajes estaban “equivocados” fruto de la “mentalidad patriarcal” del autor por lo que debían ser ignorados por completo.

El problema –reconoce ahora- es que “me había convertido en mi propia autoridad interpretativa, en mi Magisterio. La Biblia era responsable ante mí y estaba formada por mis creencias”.

Y así fue dejándose llevar por todas las corrientes del feminismo radical edulcoradas con un supuesto cristianismo. De hecho, en el grupo en el que había empezado a acudir rezaban a “Nuestra Madre”, rechazando así todas las referencias masculinas a Dios. “Fue precisamente en este momento de pertenencia feminista en el que sentí que Dios desaparecía de ese muro impenetrable. Fue cuando traté de rezarle a Dios como Madre cuando perdí el deseo de rezar”, agrega.

Poco a poco fue llegando su convencimiento de lo positivo que eran los anticonceptivos, la promiscuidad sexual y el “principio feminista central de que el aborto es bueno para las mujeres”. Y mientras tanto crecían los prejuicios contra la Iglesia. Además, desde su perspectiva cristiana liberal apoyaba el reconocimiento del matrimonio homosexual y la ordenación sacerdotal de mujeres.

Dos hechos que le acercaron a la Iglesia Católica

Sin embargo, hubo dos aspectos que fueron llevándola hacia la Iglesia Católica de manera paulatina: por un lado las incongruencias que iba encontrando en la ideología que defendía y en segundo lugar su propia maternidad.

Como persona intelectualmente inquieta y en continua formación, Abigail se fue percatando que “el catolicismo, a diferencia del feminismo, no puede canalizarse fácilmente hacia las polaridades políticas contemporáneas, sino que las trasciende. Las ideologías son simplistas, reductivas, intelectualmente sofocantes, adversas a la investigación crítica. Pensar como católico, sin embargo, es mucho más liberador” y pone como ejemplo a Santo Tomás de Aquino. Por el contrario –añade Abigail- “nunca he leído un texto feminista convencional que aliente las lecturas matizadas y caritativas de textos no feministas y que adopte lo que parezca verdadero. Más bien, es al contrario”.

“Si pudiera expresar la diferencia en una metáfora, sería esta: vivir dentro de la cosmovisión feminista era como ver el mundo en términos simplistas, en blanco y negro, mientras que entrar en el cosmos católico abrió una nueva forma de ver eso. Era mucho más colorido, variado, complejo y hermoso”, afirma.

 A su vez se casó con Michael, su esposo, y  en 2012 se quedó embarazada y fue la maternidad la otra brecha que acabó derrumbando aquel muro. Siendo madre descubrió la “bella realidad de lo femenino” que además acabó con su entusiasta apoyo al aborto.

La ecografía que hizo tambalerar sus “creencias”

El primer golpe lo recibió cuando acudió a la primera ecografía y vio a su hijo. Apenas se podía distinguir y además los médicos habían encontrado un quiste que podría indicar una anomalía congénita. El aborto siempre aparecía de fondo. Pero en la siguiente ecografía pudo ver a su hijo en todo su esplendor, con todas sus partes distinguibles y en movimiento. “En ese momento, al vislumbrar esto dentro de mi útero, comencé a sentirme insegura sobre lo que creía saber”, pues hasta ese momento creía que abortar en el primer trimestre no era algo que pudiera considerarse malo.

Su feminismo también quedó herido de muerte en aquel embarazo. Allí descubrió la verdadera masculinidad y feminidad. Relata esta académica que “resulta que no son simples construcciones sociales. Mi feminidad no es algo que elegí, no es algo que controlo. La maternidad y la paternidad no son intercambiables”.

El “hambre” de Eucaristía

Poco a poco, descubriendo en profundidad la vida de personajes como San Agustín y otros santos con los que encontraba grandes similitudes en sus vidas antes de conocer a Cristo, esta joven empezó a abrirse a la Iglesia.

“Si una fuerza primaria me atrajo al catolicismo desde lejos, era una sed por los sacramentos” y “hambre por la Eucaristía”, señala. Y mientras se daba este proceso veía cómo sucumbía ante sus pies la ideología feminista que tanto defendía.

Así fue como en la Vigilia Pascual de 2014 cuando entró a formar parte de la Iglesia Católica, aunque el proceso para seguir acabando con sus “obsesiones feministas” le llevaron un  par de años más, aunque ahora ya puede decir con total rotundidad que ha encontrado las respuestas a tantas preguntas que llevaba años planteándose y a las que no había encontrado respuesta en el feminismo.

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Fuente: Religión en Libertad