La Nave insignia

Cruz Iglesia¡Qué mal que está el mundo, qué alejado de Cristo! Pensar que los mártires dieron su sangre para abonar el crecimiento de la cristiandad, de la iglesia, para que se expanda como reguero de pólvora por todo el globo. Sin embargo, ahora parece retroceder de muchos lugares. Europa, francamente, parece tener el corazón frío, apagado. Europa que supo ser la llama que encendió la evangelización, cuna de santos, de órdenes religiosas. No hay niños, la familia parece ahogarse en la modernidad de una vida vacía de contenido espiritual. África es una tierra donde lucha el intento de evangelización, recibiendo un rechazo violento y promoviendo el surgimiento de nuevos mártires de la iglesia, como ha ocurrido en los años recientes. Asia, mientras tanto, tiene focos de luz cristiana aquí y allá, pero no parece abrirse al amor de Jesús.

Y América, ¡Oh América! Pese a todos los problemas que la aquejan, es la reserva de amor por Jesús, amparada en el amor a Maria. En mi América se ven iglesias llenas de niños, de jóvenes, de adultos. Se ven nuevas iglesias abrirse aquí y allá. Por supuesto esto no ocurre en todos los lugares por igual, pero es América el lugar de la esperanza. Devociones a María en México, en Perú, en Colombia, en Argentina, Chile, Dominicana, en todas partes. Sin dudas es Ella la que cubrió con su Manto al nuevo continente desde el primer minuto. ¿Cómo es que ocurrió?

Curiosas cosas rodearon la venida del europeo a América. Un hombre fue bautizado Cristóbal en honor al santo patrón de los viajeros, sus padres anticiparon lo que su vida iba a representar. Pero el nombre Cristóbal representa a Cristo, al que lleva a Cristo, y Colón deriva de colomba, paloma en italiano. Paloma como el Espíritu Santo. Este italiano de Génova, Cristóbal Colón, llevaba en su nombre a Jesús y al Espíritu Divino. Y él, cuando configuró su flota, tuvo como nave insignia a La Santa María, nada más ni nada menos que la propia Madre de Dios.

Cuando las tres naves surcaban los mares, rumbo al nuevo mundo, era La Santa María la que iba al frente, rompiendo el viento y guiando con mano firme a esos hombres que ni mínimamente comprendían el alcance de lo que realizaban. Y si bien en sus corazones llevaban debilidades humanas que pusieron la semilla del mal que hervía en los corazones europeos de entonces en las nuevas tierras, eso no impidió que Dios se sirviera de ellos para abrir un surco de evangelización en el nuevo continente.

Juan DiegoY María, sin demora alguna, ni bien posó sus pies en la nueva tierra puso su sello en los corazones de los indígenas. Desde el amor que envolvió al Indio Juan Diego en Guadalupe, hasta el milagro de Dominicana que dio origen a la devoción de Nuestra Señora de la Alta Gracia, o Nuestra Señora de Copacabana en Bolivia, o tantas otras que harían nuestra lista interminable. Pronto, muy pronto supieron los nativos del amor de Dios por nosotros, amor derramado desde esa Niña Hermosa que cautivaba los corazones más duros. La sencillez con que Ella se presentaba, rodeada de milagros y portentos sólo explicables desde la Divinidad del Niño que Ella llevaba en su vientre, hizo que rápidamente ardiera el nuevo continente en un puro y creciente amor Mariano.

Y aún se ve ese amor en América, baste tomar el auto y circular las rutas de nuestros países. Por todas partes se ven ermitas con imágenes de María, de las más diversas advocaciones. Y parroquias, catedrales, pequeñas capillas dedicadas a Ella. También se ven grupos de oración, donde el Santo Rosario resuena día y noche, o se vuelcan lágrimas de amor Eucarístico en largas jornadas de Adoración al Verbo presente en el Pan de Vida. El amor por Cristo, promovido por Su amorosa Madre, se ve en todas partes. Y si bien también se ven otras cosas, no tan agradables, la comparación entre lo que ocurre entre América y el resto del mundo no resiste el menor análisis. América es realmente la reserva de Cristiandad de este mundo, es el lugar donde Dios puso Su Mano para resguardar la herencia de una iglesia que nunca perecerá.

María, de este modo, fue la Nave insignia de aquel viaje de Cristóbal. Creo que él no comprendía que en realidad más que buscar un paso a las indias, lo que estaba realizando era la apertura de una enorme grieta de evangelización, hacia un nuevo mundo. Muchos vinieron después, con malas y buenas intenciones. Pero nada pudo detener el reguero de pólvora que corrió por campos y pueblos, por ríos y mares, por corazones y brazos, terminando en una explosión de amor Mariano que marcó la historia de muchos pueblos. Los países y las ciudades fueron llamados en honor a ese legado: El Salvador, Santa María de los Buenos Aires, Veracruz, Asunción, Santiago, Rosario, y tantos otros nombres santos.

Si, América está marcada por Jesús, América es de Cristo. Y El se la dio a Su Madre para que sea Ella la que la custodie, la que mantenga vivo ese fuego en los corazones. Así, Maria sigue haciendo su trabajo aun hoy en día, sin descanso. Nuevas advocaciones han nacido a través de los siglos, y siguen floreciendo, madurando.

Seamos buenos marineros de la flota, ya que la Nave insignia sigue al frente de todos nosotros, marcando el rumbo hacia vientos seguros y tierras santas.