Fuerza de gravedad espiritual

mirar al cielo (ft img)

Cosa extraña el alma humana, pareciera que el Señor nos ha hecho de tal modo que la prueba sea inevitable, constante. Diría que es como la fuerza de gravedad que nuestro amigo Newton comprendió mientras observaba caer las manzanas de aquel famoso árbol. Los objetos caen, inevitablemente, atraídos por la masa terrestre. Elevarlos requiere de un esfuerzo constante. En cuanto se abandona el objeto a su propio destino, sin fuerza o apoyo que lo sostenga, cae. Lo mismo ocurre al alma humana, el esfuerzo de vencer la fuerza gravitacional de la tentación es constante, de por vida. En cuando el alma se abandona y deja de hacer fuerza contra la tentación, cae.

Un alma que no trata de vencer esta fuera natural que la tira hacia abajo, cae ineludiblemente hacia el pecado vencida por la tentación que de modo constante la acosa. Así quiso el Señor que sea nuestra vida, un esfuerzo constante contra nuestras debilidades, un mirar constante al cielo tratando de elevarse, sabiendo que el mundo nos sujeta de nuestros pies tirándonos hacia abajo.

Claro que cada uno de nosotros tiene una batalla absolutamente distinta, única, asociada a los talentos naturales que Dios nos dio, y al entorno que nos toca vivir a lo largo de nuestra existencia. Quiero referirme hoy a dos casos distintos, dos ejemplos que nos permitan ver en su contraste a dos tipos de almas luchando contra esta fuerza gravitacional espiritual.

GedeónEn un primer caso me refiero a esas personas que son por naturaleza buenas y caritativas, condición natural que es por supuesto una bendición del Señor. Estas gentes desean servir a otros, hacerlos felices, quieren por todos los medios evitar el conflicto y las asperezas en las relaciones con los demás. Podemos citar a Santa Teresita o a San Francisco como gentes que tenían este talento desarrollado desde su cuna. Sin embargo, tan hermoso talento encierra una amenaza, un peligro: se puede caer fácilmente en la falta de la fortaleza necesaria para enfrentar al mundo. Si no estamos dispuestos a enfrentar la adversidad y el conflicto asociado a ella y nos limitamos a tratar de que los demás se sientan bien, podemos adormecer nuestra alma y entrar en un sopor espiritual que de nada sirva a nosotros ni a nuestros hermanos, ni a Dios.

En el segundo caso me quiero referir a aquellas personas que tienen la fortaleza como condición natural, tienen un escudo que les permite perseverar frente a toda circunstancia y empujar a la gente en causas buenas y honestas, por el bien de todos. Este también hermoso talento tuvo a almas como las de San Pablo o Santa Maria Magdalena que tan bien lo desarrollaron. Sin embargo, tan maravilloso don de Dios encierra una amenaza: se puede caer fácilmente en la falta de caridad ante tanta fortaleza y perseverancia. Si nuestra visión de lo que es bueno para los demás, si nuestro empuje y fortaleza en el guiar a las almas hacia lo que consideramos mejor para ellas no esta unido a la caridad y la misericordia, podemos caer fácilmente en el egocentrismo y la vanidad.

Este péndulo espiritual, donde los buenos y caritativos pierden fortaleza para enfrentar al mundo, mientras los fuertes enfrentan al mundo pero pierden caridad, nos indica a las claras que la fuerza gravitacional espiritual está siempre obligándonos a empujar hacia arriba venciendo nuestras debilidades. Nuestros talentos, talentos que Dios nos da, son las armas que debemos utilizar para ascender, sabiendo que en cuando dejamos de esforzarnos, caemos. No hay lugar para la pereza espiritual en el Camino de Jesús, hay que empujar y subir siempre, siempre.

La oración y meditación nos deben ayudar a descubrir nuestras virtudes y defectos, nuestras luces y sombras. Luces que debemos poner a trabajar para ascender en nuestra elevación hacia Jesús, sombras que debemos iluminar para que se vayan reduciendo en tamaño, iluminando. Arriba y adelante, nunca detenerse, siempre más cerca del Corazón Amante de nuestro Jesús, venciendo la fuerza que trata de sujetarnos al mundo y sus vanidades, sus miserias y avaricias ¡Que nada nos detenga en este deseo ardiente de llegar a los pies de Su Trono!