Bajo la Mirada de Dios

Mientras viajaba en avión se asomó un pequeño niño por sobre los hombros de su madre y me comenzó a mirar con una sonrisa curiosa en su rostro. En ese momento comprendí por qué Dios se regocija tanto con los niños, es simplemente porque en ellos Él ve a pleno la esperanza de la santidad futura. Los niños son en potencia lo mejor que el hombre puede hacer de su vida, son la inocencia encarnada, simples en su mirar, en su comprender de las realidades que los rodean.

Pero luego también comprendí la enorme tristeza que envuelve a Dios cuando llega la edad en que el mundo y sus sutiles tentaciones amenazan a ese niño ahora vuelto un hombre. Las personas que lo rodean lo arrastran a sacar a Dios de su vida, a dejarlo primero como un algo más, para luego descartarlo por completo. La tentación es grande, pero también lo es el grito de la conciencia que Dios le ha dado, la misma que fue parte de su vida de niño.

En medio de esa etapa fundamental de la vida, se resuelve el caer al precipicio o el permanecer unido a la Fuente de Gracia. El rugir de la tentación hace que el alma ataque a aquellos que con buena intención le indiquen el camino correcto, aunque sean las personas más cercanas o amadas. ¿Por qué ocurre esto? Es el mismo principio que hace que los delincuentes odien a la policía, hasta el límite de asesinarlos sin aparente motivo. Es que no resisten a aquellos que representan la ley que ellos quebrantan a diario. Es la voz de la conciencia.

camino al cieloIgual que los delincuentes se rodean de otros delincuentes, y se alejan de los honestos y la policía, las almas tentadas tienen a rodearse de gente que repite con sus actos y sus palabras el libreto del pecado, de la transgresión. Y de este modo, tienden a rechazar, alejarse y a enojarse con aquellos que insisten en señalarles el camino del bien. Su anhelo es que ellos se callen, o aprueben su conducta incorrecta, o simplemente se desvanezcan de su vida.

Dios, mientras tanto, mira con enorme tristeza cómo el alma olvida lo más importante de la vida, que es vivir centrado en Él. Dios le da sentido a nuestra vida, porque sin Él todo se transforma en una noche perpetua, en un espiral descendente que nos sume más y más en los tentáculos del mundo. Darle la espalda a Dios es dejar que nuestra alma se marchite. Dios no puede nunca ser algo más, no puede ser algo a lo que acudimos de cuando en cuando, mientras nos dedicamos a retozar en compañías de gente que nos invita o nos insinúa una y otra vez a vivir alejado de El.

La Mirada de Dios es nuestra conciencia, y en ella se refleja nuestra capacidad de comprender que sin Él nada tiene sentido. Aquellos que nos aman de verdad sólo quieren que estemos unidos a Él, porque no hay verdadero amor que nos aleje de Dios. El amor humano es egoísta, posesivo, celoso, acaparador, vacío de fe. El Amor verdadero nos lleva a Dios, porque no hay otra fuente autentica de Amor y de Bien que no sea Dios mismo.

En los momentos en que dejamos de lado la inocencia de nuestra niñez y nos dejamos atrapar por las sutiles y pegajosas invitaciones del mundo, caminamos por un precipicio espiritual. El caer implica perder la amistad de Dios, y también perder la amistad de aquellos unidos a Dios, simplemente porque no se puede estar con dos señores. O se está con Dios, o con el mundo. Y ya sabemos quién es el señor del mundo, aunque se esfuerce en disfrazarse y pintarse de rostros amigos y cariñosos.

Señor, sé que el precipicio está siempre demasiado cerca de mí. No permitas que escuche las voces que me sugieren hacer de Ti algo más, dame la sabiduría para comprender que sin Ti nada soy, nada puedo. Permíteme reconocer Tu Voz de Buen Pastor entre tantas voces que me rodean. Sé bien que nadie que intente alejarme de Ti pertenece a Tu Rebaño, pero soy débil y me dejo engañar con facilidad. Dame Señor fortaleza, abre mis oídos, y permíteme saber escuchar a aquellos que Tu envías por mi bien. Que no rechace sus palabras ni me enoje cuando ello exponga mi pecado. Dame verdadera humildad, Señor, porque en ella está el camino de mi salvación.

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Autor: www.reinadelcielo.org