Santa ignorancia

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Un sacerdote amigo solía decirme, en broma, que el octavo Sacramento es la santa ignorancia. Y que este “Sacramento invisible y desconocido” salvaba tantas almas como los otros siete. La explicación que me daba hacía mucho sentido, desde el punto de vista espiritual. Él decía que Dios, en Su infinita Justicia, valora nuestro comportamiento en función de la educación y formación que cada uno tiene. Así, cosas hechas por alguien que no tiene conocimiento del error en que incurre, no tienen la misma gravedad que si las realiza alguien que conoce perfectamente el marco moral o espiritual que rodea ese acto.

Por supuesto que no existe tal Sacramento, pero ésta reflexión encierra mucha sabiduría. La ignorancia salva muchas almas, es cierto. A una persona que vive perdida en la jungla, Dios no exige de igual modo que a alguien criado en un hogar cristiano, con pleno conocimiento de las verdades de la fe. De este modo, ignorar es un camino impensado para suavizar el juicio de Dios sobre nuestros actos. Sin embargo, saber o conocer aumenta la vara con la que Dios mira nuestros comportamientos, aumenta Sus expectativas de la misión que se espera de nosotros en el paso por la vida.

Hombre reflexionandoUtilicemos un ejemplo para graficar la Justicia de Dios respecto de nuestro conocimiento: imaginemos una persona que vive una vida más o menos normal, que tiene una existencia bastante acomodada. Este amigo imaginario tiene fe en Dios, pero es una fe que no resiste las pruebas, una fe casi social, fundada en las enseñanzas que vienen de sus padres, de su educación. Sin embargo, Dios de repente llama a su puerta, del modo más inesperado: algo le muestra a las claras la existencia de Dios, ante sus ojos. Existen muchas formas en que el Señor puede realizar este prodigio, muchísimas. Nuestro amigo, de modo racional, no puede negar de allí en adelante la existencia de Dios, Su Presencia real y sensible entre nosotros. ¿Qué hace? ¿Cómo vive su vida de allí en adelante? ¿Acaso puede seguir con una fe débil, casi con una duda no dicha, pero real, de la existencia de Dios? No, su mente y su corazón le dicen a las claras que existe un mundo espiritual, sobrenatural, en el que Dios, Ángeles y santos lo miran a tiempo completo.

En mi experiencia personal, Dios siempre nos llama de un modo particular, en algún momento de nuestra vida. Y de allí en más, el uso de la ignorancia ya no es un escudo para nosotros. Dios ha puesto luz en nuestro entendimiento, para que nunca más podamos volver atrás y vivir una vida liviana, de negación de nuestra misión de hijos del Rey. Este hombre de nuestra historia sabe que, de allí en adelante, negar a Dios sería una traición imperdonable. Sin embargo, cambiar de forma de vida implica un esfuerzo y un compromiso que le cuesta asumir. ¿Por qué me pasó a mi?, grita de repente. Prefería no saber esto, no tener la prueba de Su existencia, que conocer a Dios a ciencia cierta y tener que cambiar mi vida. Pero, nuestro amigo también siente que hay un llamado de amor, de salvación, detrás de lo que le ocurre. Finalmente, la decisión está en él, Dios no lo obligará a nada, no forzará su camino. Pero, si decide ignorar el llamado, entristecerá al Dios Bueno que lo llamó para trabajar para El, y mucho más importante, para salvar su alma.

Como está dicho en la parábola de los talentos, quien más recibe, más debe rendir ante el Patrón. A quien menos se da, en cambio, menos se pide. Nuestro amigo, bajo éste punto de vista Bíblico, es como quien recibe un cheque de un millón de dólares, con el mandato de hacer rendir frutos proporcionales al capital recibido. El cheque de Dios pesa en nuestro bolsillo, en nuestra cuenta de banco. Tenemos que producir frutos; a más grande el cheque, más grande nuestra obligación. Lo peor que podemos hacer es cobrar el cheque y utilizarlo nada más que para nuestro beneficio personal, sin invertirlo en generar réditos espirituales, de caridad, de amor.

¿Cuántos cheques has recibido? Conocimiento de Dios, talentos y habilidades personales, posición social, una profesión y un trabajo, estudios y formación. Todo eso son bienes que Dios te da, no para vivir una vida placentera, o para envanecerse ante los demás. Es para que den frutos en el jardín de Dios, para que sean testimonio de justicia y amor. Y si Dios se ha manifestado a ti en todo Su esplendor, en todo Su amor, pues más aún. El cheque que El te ha dado pesa más que a nadie, en tu bolsillo. La Santa ignorancia no aplica a ti, porque sabes muy bien que El te ha llamado, que te espera, que ya no puedes volver atrás a vivir una vida vacía de contenido espiritual, hueca y sin sentido.

¿Qué vas a hacer con ello, de aquí en adelante?