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Padre Ignacio Peries - reminiscencias del Padre Pio
Introducción

Los testimonios publicados en esta sección son responsabilidad de quien los firma. Al publicarlos www.reinadelcielo.org no está emitiendo ninguna opinión sobre la veracidad de los dichos, sino que sólo ha entendido que sus contenidos no contienen nada que atente contra las verdades de la fe y la moral y sí entiende que pueden ser favorables para el crecimiento espiritual de nuestros lectores. El juicio final sobre los hechos publicados corresponde a la Iglesia, a la que nos sometemos.

La redacción de Reina del Cielo

 

Padre Ignacio Peries, reminiscencias del Padre Pio

Para ingresar al sitio de la Iglesia de la Natividad  y ver ubicación de la obra del Padre Ignacio y horarios de Misas y celebraciones HAGA CLICK AQUI

Dios nos brinda ayudas acordes a nuestras necesidades. Así tuvimos a esa maravilla que fue la vida del Padre Pio, centrada en la vida Eucarística y en el Sacramento de la Confesión, aunque los milagros que lo rodearon fueron las campanillas que utilizó Dios para acercar a las multitudes a Pio. Y así sigue ocurriendo, hoy me quiero referir al Padre Ignacio Peries, oriundo de Sri Lanka, que predica en la Ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina.

Todo comenzó hace unos tres años, cuando mi peluquero tijereteaba alrededor de mis orejas y me comentaba su impresión de un cura que mostraba un gran amor por la Eucaristía, pero también sus dotes de interceder ante el Poder de Dios en la obtención de milagros de sanación física. Luego fue un compañero de trabajo, que viajó con su hijo con cáncer a buscar intercesión por la salud del niño, que se sanó. Luego fue la esposa de un amigo, y luego más y más gente. Finalmente investigué y descubrí que crecientes multitudes acuden a él en la iglesia de La Natividad del Señor, en las afueras de Rosario. Su leyenda urbana crece día a día, ante la transmisión de las Gracias que inocultablemente Dios realiza por sus manos.

Nos decidimos a peregrinar con la familia, para recibir las bendiciones y Gracias de Jesús aumentadas por la cercanía de la aureola de santidad que rodea al Padre Ignacio, igual que ocurrió por décadas alrededor del Padre Pio. ¡Como nos podíamos perder esta oportunidad, es una gracia enorme que Dios lo envíe a mi tierra, cerca de mi casa! El viaje de algo menos de trescientos kilómetros desde Buenos Aires lo hicimos con la esperanza de estar cerca de un lugar donde Dios actúa, alegría del peregrino. Cruzamos ciudades como San Nicolás, donde la Virgen se apareció a principios de los años ochenta, y finalmente llegamos a la Iglesia del Padre Ignacio. Hace falta hacer muchas horas de fila para poder ingresar al Templo, por la multitud que acude a cada celebración. Sin embargo, las cinco horas de espera, compartiendo lindas cosas del corazón con los que también esperaban, se hicieron breves y dulce fue el esfuerzo.

Los visitantes frecuentes nos contaron muchas cosas del Padre Ignacio, de las sanaciones, de las profecías, de su amor por Jesús y María. Luego de celebrar la Santa Misa, él brinda una bendición individual a cada peregrino, donde suele decir cosas que cada corazón sabe, como hacía Pio. No a todo el mundo habla, sólo a algunos, y a ellos les da consejo y entrega medallas junto a pedidos de oración. Confieso que un cierto cosquilleo ingresó en nuestras almas, ¿qué me va a decir a mi? Saber que este Sacerdote puede decirnos algo que Dios ve en nuestra alma, obliga a meditar y mirar bien profundo en las miserias del corazón. Momentos de pensar, de escudriñar el alma…

Finalmente ingresamos a la Iglesia, ¡que maravilla! El la tiene hermosamente preparada, con evidente centro en la Eucaristía y en la Virgen, lo que nos provocó un vuelco en los corazones. Meditamos y oramos mientras esperábamos, pensando en qué ocurrirá en el momento en que el Padre Ignacio esté frente a cada uno de nosotros. En mi caso, un pensamiento estalló en mi interior, por haber tenido yo una conversión, o un ingreso a un camino de conversión, muy violento. Tuve una vida previa muy alejada de Dios, y todo lo que viví durante esos largos años sacudió mi interior. Pensé que Dios iba a sacar a la luz todo lo que hice en aquellos tiempos, producto quizás de confesiones no del todo bien realizadas, o simplemente llevando a mi corazón a una más profunda purificación de todo ese horrible espacio de mi vida. Me dio miedo. Estaba sentado en ese banco de iglesia, rezando, meditando lo vivido en mi pasado como si revolviera un pozo lleno de fango mal oliente.

Finalmente llegó el Padre y empezó la celebración de la Eucaristía. Creí que estaba en el Cielo, ante la devoción que mostró, el amor por la Palabra. Su homilía fue una lección de simpleza, palabras llenas del amor de Dios que brotaban de las Lecturas del día. Pero el Cielo realmente se abrió cuando llegó la consagración. Yo no he vivido al Padre Pio en una de sus Misas, pero no pude dejar de pensar en él. Qué amor por la Eucaristía, se le quebraba la voz en llanto mientras elevaba el Pan y el Vino, Cuerpo y Sangre de Jesús. Interminable, flotábamos como sostenidos por el amor del Señor, mientras la Sangre de Jesús se derramaba sobre nosotros como una ola gigantesca que barría las almas de los asistentes, desde el Cáliz que sostenía Ignacio. Y el Cuerpo hecho Pan nos iluminaba como un sol que destellaba cubriendo el templo y la gente. Esos sentimientos brotaban de nuestras almas.

Siento que no he vivido otra Misa como esta, a pesar de haber asistido a hermosas celebraciones Eucarísticas. Ignacio ama a Jesús, dignifica las manos que le fueron dadas para Consagrar y traer al Amor de los Amores al mundo en cada Misa. Ese es el centro de su misionar, enseñarnos el amor por la Eucaristía, con la Virgen como perfecta Intercesora y el Cielo todo como testigo. La gente lo comprende y lo vive, por eso las multitudes acuden en forma creciente, igual que ocurría con el Santo del Gargano, San Pio de Pietrelcina.

Luego de la Misa Ignacio bendijo uno por uno a todos los que así lo quisieron, cientos de personas, con una perfecta organización de los muchos servidores que trabajan en la obra. Ellos cantan, dirigen, coordinan, atienden los pedidos de Ignacio que en cada caso les ordena dar instrucciones a cada peregrino. En nuestro caso, fuimos en familia, y de inmediato Ignacio nos puso a todos juntos y nos fundió en un abrazo inolvidable e interminable. Luego abrazó a cada uno, con sus manos él señala los lugares que afectan las enfermedades que la gente no indica, pero Ignacio conoce. Luego a algunos habla, a otros simplemente abraza y saluda.

Cuando llegó a mi, me abrazó, me miró y me dijo al oído: “deja atrás tu pasado, deja de sufrir por el pasado, sigue adelante, serénate”. Jesús respondió a mis miedos, con amor. Dio exactamente en el clavo de lo que estaba en mi corazón, respondió a mi conversión, dándome Su perdón una vez más, y Su olvido. Me pidió mi olvido también, que me perdone a mi mismo como El lo hizo. Ignacio me miró y puso en mi mano una hermosa medalla, que ahora llevo en mi corazón, con enorme orgullo y devoción. En ella está el Espíritu Santo cubriendo al mundo de un lado, y la Virgen en la Natividad del Señor en el otro.

Volvimos todos llenos del Señor, felices del regalo recibido. Difícil explicar lo que se siente, pero es sin dudas la Gracia de Jesús. En el viaje de regreso a casa le dije a mis hijos: “con los años van a recordar lo que ocurrió hoy, y desearán haber prestado más atención a lo vivido. Añorarán volver a vivir este día, día de Gracia, día de estar cerca de Jesús”. Dios derrama sobre el mundo, de cuando en cuando, a un sacerdote como el Padre Ignacio. Como dijo alguien alguna vez: “con mil Padre Pios, el mundo sería distinto”. Yo digo hoy: los cristianos debemos aprender del modo que Dios tiene de actuar, imitemos a estos santos hombres de Dios, vivamos para y por la Eucaristía.

 

Oscar Schmidt

Pilar, Buenos Aires, Argentina, octubre de 2006

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