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Las visiones de María Valtorta
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Biografía de María Valtorta

Nació el 14.3.1897, en Caserta, Italia. Su padre, sargento mayor del Ejército Italiano, era de carácter tierno y amoroso. Fue hija única. Su madre, profesora de francés, era dura y severa.

A los cuatro años y medio, la llevaron a estudiar en el asilo de las Religiosas Ursulinas de Vía Lanzone, donde tuvo su primer encuentro con Dios. Allí comenzó a nacer en la pequeña “el ansia por consolar a Jesús, haciéndose semejante a El en el dolor voluntariamente aceptado por amor”.

En 1904, a los siete años de edad, pasó al Instituto de las Religiosas Marcelinas, para iniciar allí los estudios elementales, distinguiéndose de inmediato como la “primera de la clase por la inteligencia, don de Dios”. En 1907 pasó a la escuela estatal, asistiendo contemporáneamente, por exigencia de su madre, a las lecciones de francés dadas por un grupo de religiosas expulsadas de Francia.

Gracias a las religiosas francesas, en 1908 pudo recibir su Primera Comunión. Con gran dolor por su parte, el padre no asistió porque la madre había juzgado inútil su presencia. En 1909, por el despotismo de su madre y por la timidez de su padre debió dejar su casa para entrar en un internado (el Colegio Bianconi de las Hermanas de la Caridad de María Santísima Niña). Permaneció allí hasta 1913.

Su carácter  “generoso, firme, fuerte, fiel” mereció el sobrenombre de “valtortino”; su amor al estudio, al orden, a la obediencia le procuró ser citada como “alumna modelo”. Una vez más su madre se interpuso en su vida, y obligó a María a que estudiase Tecnología, aún cuando ella no tenía cualidades para las matemáticas. No superó las pruebas en ciencias exactas, por lo cual no tuvo más remedio que recuperar el tiempo perdido con todas sus fuerzas y terminar el programa clásico, consiguiendo el diploma.

En 1913 su familia se trasladó a Florencia. Allí María conoció a Roberto, de hermosa presencia, rico y doctorado en literatura. Era muy bueno, serio y afable. Se quisieron mucho, “con un amor silencioso, paciente y respetuoso”. Pero inexorablemente la madre tronchó, en su nacimiento, aquel tierno sentimiento. Suerte que le cupo nueve años después, cuando se encontró con otro joven llamado Mario, “un joven cuya madre había muerto”. Al principio María trató con él para servirle de “luz”, de “guía”, para que “llegase a ser un buen hombre, y un valiente oficial”. Para María “amar era tan necesario como el respirar”, pero había de ir a Dios “después de haber visto cuán efímeros son los cariños humanos”.

En 1916, “en un período tremendo, de desesperación y de ansias”, el Señor volvió a llamarla por medio de un sueño, que permaneció “vivo” en María durante toda la vida. En el sueño, María es socorrida por Jesús, cuyas palabras de admonición y de piedad, unidas a un gesto de absolución y de bendición, fueron para ella “un lavado que la purificó completamente”. Se despertó “con el alma iluminada por algo que no era terrenal”.

En 1917 María entró en las filas de las enfermeras samaritanas, y durante dieciocho meses prodigó sus cuidados en el hospital militar de Florencia. Pidió que se le confiasen los soldados y no los oficiales porque “había ido a servir a los que sufren, no por alardes o para buscar marido”. Ejercitando la caridad se sintió obligada “dulcemente a acercarse cada vez más a Dios”.

El gesto de su gradual inmolación partió de un golpe violento que sufrió el 17 de marzo de 1920. Iba con su madre por la calle “cuando un rapaz delincuente le pegó en los riñones con una barra de hierro, que había arrancado de una cama. Con todas sus fuerzas le dio un terrible golpe”. Permaneció en cama tres meses y fue como comenzar a saborear su futura y completa enfermedad.

En ocasión de visitar a su tía Clotilde, “una mujer muy culta”, el Señor se sirvió de un libro para darle otro “impulso fuerte”. El Santo de Antonio Fogazzaro fue la novela que “imprimió en su corazón una señal, indeleble, una señal por demás buena”.

María Valtorta experimentó en manera más sensible ciertas percepciones psíquicas, que ya en los años precedentes había advertido bajo la forma de “premoniciones” o de “otros hechos extraños”. Se trataba, en particular, de la sensación “como de que sus dedos se alargaban, se hicieran larguísimos  hilos lanzados al espacio, y que estos hilos se fueran uniendo a otros iguales” que salían de otras personas, como con deseo de unirse entre sí.

En septiembre de 1924, la familia Valtorta se trasladó definitivamente a Viareggio, en donde ocuparon una “casita” recién comprada. Allí, María continuó llevando una vida retirada, fuera de “alguna salida al mar o al bosque” y de las que hiciera “a comprar lo necesario para cada día”, lo que le permitía hacer visitas a Jesús Sacramentado, sin atraerse las iras de la madre. Había empezado para ella “una nueva etapa en su vida, en la que crecía más en Dios”.

Atraída por el ejemplo de Santa Teresita del Niño Jesús, cuyo libro Historia de un Alma, leyó con sumo gusto. El 28 de enero de 1925 se ofreció como víctima al Amor Misericordioso, renovando después “cada día” este acto de ofrecimiento. A partir de ese momento creció sin medida su amor por Jesús, hasta llegar a sentir su presencia en sus propias palabras y en sus propias acciones. Llevada del ansia de servir a Dios, quiso entrar en la Compañía de San Pablo, pero tuvo que contentarse con desarrollar “un apostolado humilde, escondido, conocido sólo por Dios, fortalecido más por el sufrir que por el obrar”. Pero, a partir de 1929, cuando entró en la Acción Católica como delegada de cultura de los jóvenes, pudo darse abiertamente al bien de las almas, trabajando con entusiasmo y dando conferencias que atraían numerosos oyentes “aún entre los no practicantes”.

En tanto venía madurando en ella la fuerte decisión de ofrecerse como víctima a la Justicia Divina, a lo cual se preparaba “con una vida que crecía cada vez más en pureza y mortificación”. Ya “de tiempo atrás” había “hecho los votos de virginidad, pobreza y obediencia”. Cumplió su nuevo acto de ofrecimiento el 1° de julio de 1931. Mas los sufrimientos físicos y espirituales no cedieron un sólo momento.

El 4 de enero de 1933 fue el último día que María, caminando con extrema fatiga, pudo salir de casa. Y desde el 1° de abril de 1934 no se levantó ya más del lecho, dando inicio en un “intenso transporte de amor”, a su larga y penosa enfermedad. Se convirtió “en el instrumento de las manos de Dios”. Su misión era la de “sufrir, expiar y amar”.

El 24 de mayo de 1935, en la casa de María Valtorta entró Marta Diciotti, quien llegaría a ser la compañera fiel  de María, la “oyente” de sus escritos, la que la asistiría amorosamente hasta la muerte, y que conservó “sus memorias”.

Y María continuó en su lecho de enferma, a sufrir y a amar, haciéndose cada vez más disponible a la Voluntad de Dios, consolando a los afligidos, enderezando a los desviados en el espíritu, recibiendo dolorosas advertencias sobre su grave hora presente, revelando en cada cosa la fuerza varonil de su carácter y la clara inteligencia de su mente fija en Dios.

Hacia el año 1942, un sacerdote fue a visitarla. Era el buen padre Romualdo Migliorini, de la Orden de los Siervos de María, que durante cuatro años fue su director Espiritual. En 1943 le ordenó a María Valtorta que escribiera su autobiografía, y que dijese “todo lo bueno y todo lo malo”, sin preocuparse de cosa alguna.

Pero su verdadera actividad de escritora  debía iniciarse de inmediato, por una fuerte presión del Altísimo, que encontró en ella un instrumento dócil y pronto. En pocos años, entre indecibles sufrimientos del alma y del cuerpo, provocados por acontecimientos y personas, en condiciones absolutamente desfavorables, María Valtorta llenó quince mil páginas de cuaderno, que hoy en día son casi universalmente reconocidas como un monumento de doctrina y de literatura. Esta maravilla de Dios es una colección de varios tomos denominada “El Hombre-Dios”.

Los actos de ofrecimiento no habían terminado. El 18 de abril de 1949 María ofrecía a Dios el sacrificio de no ver la aprobación de su Obra, uniendo a este sacrificio el precioso don de su propia  inteligencia. El Señor aceptó este sacrificio. María no pudo tener la satisfacción de saber que su obra era aprobada.

Cuando quedó del todo inactiva (ella aún en el lecho escribía o trabajaba y jamás había sido ociosa), conservó su aspecto lúcido y sereno. Permanecía quieta en su lecho como una niña grande, llegando por último a la necesidad de ser alimentada, pero no pedía jamás nada. Pocos la visitaban. Pocos eran los amigos. En medio de este silencio María acabó sus últimos días el 12 de octubre de 1961, a los 65 años de edad y 28 de enferma. En un escrito suyo de 1944 leemos lo que el Señor le había dicho: “Cuán feliz serás cuando te des cuenta de estar en Mi mundo para siempre y de haber venido del pobre mundo. Lo harás sin pensar en ello, pasando de una visión a la realidad, como un pequeñuelo que sueña con su madre y que se despierta abrazado a ella, que lo aprieta contra su corazón. Así haré Yo contigo”.

Murió en el mismo lecho que había visto los sufrimientos, los trabajos, el ofrecimiento y la piadosa muerte de la enferma escritora de Viareggio, que desde varios años atrás había dispuesto la frase que debía escribirse en los recordatorios: “He terminado de sufrir, pero continuaré amando”.

Los pocos y respetuosos visitantes pudieron admirar el candor de su mano derecha, la que había sido considerada la “pluma del Señor”, mientras la izquierda iba livideciendo. Y sus rodillas, que habían sido su escritorio, aparecían ligeramente dobladas, ahora que ella se encontraba en reposo verdadero.

Diez años más tarde, el 12 de octubre de 1971 fueron exhumados sus restos, que fueron sometidos a un tratamiento especial para asegurar su conservación, y fueron colocados en el nicho de la familia en la Galería del Redentor del mismo cementerio de Viareggio.

El 2 de julio de 1973 los restos de María Valtorta pudieron ser trasladados a la Santísima Annunziata de Florencia y sepultados en la Capilla del Capítulo que da al grande claustro que forma parte de la famosa basílica florentina, que está a cargo de los padres servitas.

 



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Valtorta - fragmentos de sus libros


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Valtorta - fragmentos de sus libros


- Resurrección de Jesús
    +Resurrección de Jesús
- Resurrección: los días siguientes
    +Después de la Resurrección
- Una breve Biografia
    +Biografía de María Valtorta
- Una vision de sus escritos
    +Los escritos de María Valtorta


 
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