Contaminación espiritual

Meditación (ft img)

Con el paso de los años, he aprendido a advertir el efecto terrible que tienen ciertas experiencias sobre mi propia alma, y es algo que todos podemos analizar y ver, si prestamos atención a ese mundo maravilloso que es nuestro interior. Me explico: Dentro de nosotros hay un mundo extraordinario donde vive nuestra alma, mundo que es disputado por el tentador, pero fundamentalmente mundo donde encontramos al Espíritu Santo que quiere habitar en nuestro corazón.

Si leemos a Santa Teresa de Ávila, que nos habla del “Castillo interior” que hay dentro de nosotros, descubrimos ese extraordinario espacio que se experimenta en la contemplación, la meditación, la oración de corazón. En mi caso significa un gran esfuerzo abrir la puerta e ingresar, porque me aturde el ruido del mundo y no me deja ni siquiera aproximarme al picaporte. Cerrando los ojos, y después de mucha oración y diálogo con el Señor, puedo, a veces, ingresar y sentir la felicidad de habitar un palacio interior donde se respira paz, felicidad plena, y fundamentalmente amistad absoluta con Jesús, nuestro Dios Amigo.

Pero en esa misma práctica de mirar y habitar mi castillo interior, El Señor me enseñó a ver lo que ocurre cuando mi mirada o mis oídos se posan inadvertidamente en alguna propuesta contaminante bombardeada por el mundo. Puede ser una imagen en televisión, puede ser una foto en una revista o en un sitio de internet, o algo dicho por otra persona en un elevador, una mirada, una vestimenta, o una película que nos detuvimos a ver donde surgen escenas que no esperamos. La naturaleza de la contaminación es muy diversa, desde sensualidades extremas, brutalidad contra el cuerpo humano, sadismo o pensamientos que revelan maldad enfermiza. En fin, pueden ser muchas cosas distintas, pero en definitiva es algo que se opone a sentimientos de pureza, paz, caridad, equilibrio emocional, o un estado mental sano.

Veo que cuando, inadvertida o distraídamente, me expongo a esas cosas, impactan en mi interior y no se van, quedan retumbando ahí dentro una y otra vez. Una fuerza arrolladora me invita a no sacar la mirada, a seguir viendo o escuchando, o simplemente a buscar más y más de eso. No es un sentimiento que aparezca en la superficie como malo, todo lo contrario. Tiene un gusto dulce, un perfume atractivo, pegajoso, que llama, que convoca a lanzarse de cabeza a esa propuesta inesperada. La tentación busca que en un grito de liberación exclamemos: ¡Lo quiero, lo deseo!

Ahora, mi respuesta es rezar, rezar y rezar. Busco alejar esas imágenes de mi alma, de mi castillo interior, de mi mundo interior. Una y otra vez empiezo oraciones, y al rato me doy cuenta que la oración fue borrada y esas imágenes o esas palabras están otra vez proyectadas en las paredes de mi palacio interior, con su pegajosa y dulce convocatoria. Me cuesta alejarlas, a veces mucho, pese a que me esfuerzo y le pido a Jesús me ayude a seguir mi camino con la paz que tanta felicidad me da, cuando logro encontrarla. Me doy cuenta que no soy yo el que está operando, y sin embargo se hace cuesta arriba el limpiar mi interior de ese perfume dulzón y embotador que lo quiere invadir todo.

RezarPermítanme ponerles un ejemplo para graficar esto: Me encanta que luego de rezar mucho, los Avemarías (u otra oración) se acoplen en mi interior y se repitan automáticamente una y otra vez. ¡Es hermoso! Me ha pasado de dormirme así y despertarme por la mañana siguiente con las oraciones resonando una y otra vez en mi interior. Recuerdo que hace algunos años me ocurrió esto durante dos días, sin interrupción. ¡Que Gracia grande me concedió el Señor en esa oportunidad! Los Avemarías fluían sin detenerse, en un canto que se daba en mi castillo interior y resonaba en todas las habitaciones.

Pero también a veces me ocurre que escucho una canción al pasar por algún lugar y se me pega, bloqueando la oración. Una y otra vez empiezo a rezar y, al rato, allí está otra vez esa canción. Con mucha perseverancia rezo hasta que la oración se impone y se instala en mi alma como bálsamo que consuela y da paz. Lo mismo ocurre con esas imágenes o palabras contaminantes a las que me refería antes. Se instalan en nuestro interior y no se van con facilidad, contaminan nuestra alma y se adhieren a ella con ese seductor y dulzón aroma que les da aspecto de inofensivas. Solo la oración nos vuelve a nuestro centro, a nuestra amistad con Dios dentro de nuestro castillo interior.

Ahora quiero referirme a nuestros jóvenes, quienes viven expuestos a un mundo donde el bombardeo de contaminación espiritual es peor que en ningún otro punto de la historia de la humanidad. Redes sociales, salidas nocturnas, amistades inconvenientes, televisión, ruido que aturde, bebida o drogas alrededor, chateo interminable, vivir de noche y dormir de día, carne, sensualidades de todo tipo, sentidos, estridencia, un estado de fiesta permanente. Pero lamentablemente muchos jóvenes no tienen la fortaleza espiritual necesaria para advertir lo que le ocurre a sus almas, sino que guiados por un espíritu de rebeldía, se lanzan a abrazar todo eso sin filtro, literalmente sin filtro.

Por supuesto que sienten el dulzón aroma de la tentación, y por supuesto que muchos de ellos no rezan, ni comprenden la lucha que se ha desatado dentro de sus propios castillos interiores. Disculpen la comparación que voy a hacer, pero es necesaria. Espiritualmente hablando, demasiados jóvenes se vuelven como los cerdos que se revuelcan felices en el chiquero. Cuanta más basura y porquerías uno les lanza en el chiquero, más se revuelcan los cerdos, formando un fango en el que se impregnan y hunden felices. No sé si todos ustedes han tenido la oportunidad de ver cerdos en un chiquero, pero es un poco lo que le ocurre en términos espirituales a aquellos que con gran entusiasmo se hunden en las contaminaciones espirituales que el mundo actual les dispara sin cesar.

Imaginen ustedes el daño que eso produce en sus almas. Imaginen ustedes lo difícil que es limpiarLuz esas almas luego, asumiendo que algún día esos jóvenes entran en una etapa de desprenderse de todos esos “aliens” que se les han ido agarrando de las paredes de su castillo interior, afeándolo y transformándolo en una mansión abandonada y sucia. Imaginen cuanta oración hace falta para limpiar esas paredes y esas ventanas, para que se vaya ese olor espantoso y entre la Luz del Señor. Imaginen cuanto le cuesta al Espíritu Santo siquiera acercarse a ese castillo.

Admiro mucho a los jóvenes, o a cualquier persona en general, que tienen la valentía y la fortaleza espiritual necesarias para girar la vista y apartarse del chiquero espiritual que se les propone desde la sociedad moderna. El bombardeo es permanente, y la necesidad de discernimiento también lo es, porque la confusión es grande. Las cosas no parecen lo que son, porque el sabor y aroma dulzón y empalagador de la tentación nos hacen confundir entre lo que es bueno y lo que no lo es. Pero el mal y el bien existen, más allá de toda confusión. ¡A quienes optan por el bien, va mi admiración y reconocimiento!

Me llevó muchos años comprender lo delicada que es nuestra alma, cuanto hay que cuidarla, cuanto mal le hace el exponerse al mal, a las impurezas, a las porquerías del chiquero mundano. Ahora que lo sé, me siento preocupado de lo que le ocurre a estas generaciones presentes y venideras. Otras generaciones, en el pasado, han tenido más silencio interior, más espacio para la reflexión, menos deseo de fiesta permanente. Esta generación, en cambio, se ha vuelto como una comparsa que avanza sin detenerse por las calles de la historia. Alegría de Dios

Es por eso que vivimos los tiempos de La Misericordia de Dios, y más que nunca necesitamos de la Misericordia del Señor. La oración, en estos tiempos, es más necesaria que en ningún otro momento de la historia de la humanidad. Que el Señor nos proteja del chiquero espiritual que nos rodea. Que sepamos alejar a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, de ese chiquero. Que podamos apartar a nuestros hijos de los padres que lanzan alegremente a sus hijos al chiquero, porque eso contamina a nuestros propios hijos, sumiéndolos en un chiquero cada vez más grande que quiere tragarse a todo lo que está alrededor.

Señor, apelamos a Tu Misericordia, para que este mundo que ha caído en los vicios y las impurezas más inimaginables, sea transformado nuevamente en un Palacio. Para que Tú puedas vivir con nosotros, para que Tu Santo Espíritu se derrame en un Segundo Pentecostés que abra las puertas de la Civilización del Amor, camino a la Jerusalén Celestial.